¿Cómo aumentar la confianza en las personas para que tengan éxito? ¿Cómo aumentar la fe y la confianza en ese potencial? ¿Cómo aumentar la confianza en sus logros y éxito? ¿Qué es lo que, más que otra cosa, motiva a las personas a finalizar una tarea? ¿Qué tipo de elogio o de halago anima más? No hay una respuesta tajante para estas cuestiones. Sin embargo, nos vamos a centrar, por el momento, en una investigación realizada, primero, por Carol S. Dweck y, después, retomamos algunas ideas de Richard Wiseman. Así que, por ahora, nos vamos a centrar en dos tipos de elogios motivacionales muy importantes: el primero es valorando las habilidades y, la otra, valorando el esfuerzo.
¿En
qué consistió su investigación? Para averiguarlo, la autora de La Actitud del Éxito,
Carol S. Dweck, empezó su estudio con un centenar de estudiantes adolescentes. En
un primer momento, se les dio un conjunto de diez problemas, más o menos,
complicados que habían sido extraídos de una prueba de Coeficiente Intelectual
no verbal.
Al
final de la prueba, en su mayor parte, los chicos lo hicieron bien, con lo cual
se les elogió, primero en base a su capacidad: “caramba, has obtenido ocho
respuestas correctas. La verdad es que es una puntuación muy buena. Debes de
tener aptitudes para esto”. A este grupo de estudiantes, se les elogió por su
capacidad intelectual, por sus habilidades, por su talento: tienes mucho
talento.
En
cambio, a otros estudiantes se les elogio por su esfuerzo: “caramba, has
obtenido ocho respuestas correctas. Debes de haber trabajado duro de verdad”.
Como se puede apreciar, estos chicos no se les ver que eran poseedores de un
don especial, sino que, más bien, se les elogió por haber hecho lo necesario
para alcanzar el éxito.
En
principio, ambos grupos eran iguales. Pero se empezaron a desmarcar a partir de
los elogios. ¿Qué efecto había tenido un elogio en sus actitudes a la hora de
resolver nuevos problemas? En primer lugar, a los que se les había elogiado por
su capacidad rechazaron cualquier tarea en la cual estaba implícito el esfuerzo
y, sobre todo, en dónde se trataba de aprender. ¿Por qué? Según la autora, la razón
por la cual ellos no querían hacer nada, se debía al hecho de que no querían que
las nuevas pruebas revelaran sus habilidades y cuestionaran su talento.
¿Qué
sucedió con el otro grupo de estudiantes que habían sido elogiados por su esfuerzo?
Como era de esperar, más del 90% de los chicos que habían sido elogiados por su
esfuerzo se apuntaron, sin dudar y sin miedo, a emprender una nueva tarea en la
que, seguramente, podrían aprender.
El
segundo paso de la investigación consistió en darles una nueva prueba aún más
complicada, más difícil que la primera. Como es fácil imaginar, dada la
complejidad, casi ninguno resolvió favorablemente la prueba. Dice la autora que
“los chicos que habían creído en sus dones llegaron entonces a la conclusión de
que después de todo no eran inteligentes. Si el éxito había significado para
ellos que eran inteligentes, no obtenerlo significaba que eran de cortos
alcances”. Como es natural, terminaron por dejar de encontrarle la gracia a los
problemas. Al estar presionados y motivados extrínsecamente, ya no se divertían.
En palabras de Carol S. Dweck, “la diversión se acaba en cuanto pretendes
conseguir la fama y tu talento puede ser puesto en duda”.
Por
el contrario, añade, que “los chicos que creían en el esfuerzo llegaron a la conclusión
de que la dificultad significaba tener que aplicar más esfuerzo. No
consideraron el fallo como un fracaso y tampoco pensaron que fuera un reflejo
de su capacidad intelectual”. Lejos de considerar que el resultado no era el
esperado, vieron en los retos una nueva oportunidad para recrearse, de divertirse
y, por tanto, de aprender.
¿Qué
fue lo que, al final de todo, pasó con el rendimiento de los estudiantes? “Después
de haber fracasado ante las dificultades, el rendimiento de los estudiantes
elogiados por sus capacidades cayó en picado, incluso cuando les dimos
problemas sencillos”. Lejos de mejorar, empeoraron no sólo respecto a los “contrincantes”,
sino también en relación a las primeras tareas, puesto que habían perdido su
confianza y la fe en sus capacidades o, lo que es igual, en la inteligencia. Por
su parte, los que habían sido halagados por su esfuerzo, rindieron cada vez
mejor. A raíz de los problemas, aguzaron su talento: se hicieron más
inteligentes. Hasta cierto punto, resulta paradójico que el test de
inteligencia no aumentara la inteligencia de los chicos “inteligentes”, sino
que, al revés, la disminuyó. En lo que se refiere a los chicos considerados
poco listos o con poco talento, sorprendentemente, aumentó considerablemente.
Tenemos
más cosas por decir: resulta que, para darle la última vuelta de tuerca al
tornillo, por así decir, se les sugirió la idea de que esa misma prueba que habían
hecho, la pensaban aplicar a otros colegios para comparar resultados. Para eso,
se les pidió que, en una hoja, escribieran sus opiniones sobre los problemas
planteados y, algo importantes: que escribieran qué puntuación habían obtenido al
realizarla. Antes de seguir leyendo, ¿qué se imagina el lector que escribieron,
al menos, el 40% de los estudiantes que habían sido elogiados por sus
capacidades? Mintieron sobre sus puntuaciones reales y lo hicieron mejorándolas.
Claro, no cabe la imperfección, los fallos, los errores en este tipo de
mentalidad, por lo que, al mentir, ocultaron esas “lunares” o puntitos negros, por decirlo figuradamente.
Hasta
aquí, ¿qué conclusión se puede sacar? Carol S. Dweck menciona que, al descubrir
esta cuadro sorprendente, pero sobre todo, deprimente, fue que habiendo partido
de chicos normales, con sólo decirles que eran inteligentes, se convirtieron en
mentirosos.
Estos
hallazgos son de suma importancia para padres, maestros, entrenadores, porque, no necesariamente, pero existe la
posibilidad de que, si desconocen estos principios psicológicos, caigan en en el peligro de caer en su propia
trampa y, al final, se sientan defraudados, decepcionados. En
resumen: “decirles a los niños que eran listos hizo que al final se sintiesen
más tontos y actuaran más tontamente, aunque afirmaran ser más inteligentes” (Carol
S. Dweck).
A continuación,
damos el último retoque a la presente investigación, recurriendo a Richard
Wiseman, en especial, a su libro “59 Segundos”. Este autor, viene a confirmar
lo que Carol S. Dweck había estudiado con jóvenes, pero él, en este caso, lo haría
con niños. En
general, se trata lo que podríamos llamar la moraleja de todo lo mencionado
anteriormente: elogiar el esfuerzo más que la habilidad a la hora de conseguir
algo. En esencia, el mensaje es idéntico: decirle a un niño que es inteligente
puede que lo haga sentir bien, pero también puede inducir un miedo al fracaso. Por
tal motivo, haría que el niño, a la larga, evitase situaciones complicadas para
no quedar mal visto si no tiene éxito.
Además,
decirle a un niño que es inteligente, le indica que no necesita esforzarse para
hacerlo bien, como todo, supuestamente, es fácil para ellos. Por este motivo,
los niños podrían estar menos motivados para hacer el trabajo necesario y
podrían tener más tendencia a fallar. Desde un punto de vista psicológico, cuando
se le dice a un niño que es listo o que tiene mucho talento, no es bueno para
su salud mental. ¿Por qué? Básicamente, porque tenderá a evitar situaciones complicadas,
a no esforzarse lo suficiente. Por lo tanto, esto lo lleva a desmotivarse
rápidamente cuando la cosa se pone difícil.
En
cambio, recibir cumplidos por el esfuerzo, por el empeño realizado es algo muy
distinto a recibirlos por la habilidad, por la capacidad. Los niños que ven
recompensados sus esfuerzos, se sienten más animados a volver a intentarlo,
independientemente de las consecuencias, librándose así del miedo al fracaso.
Por tanto, la posibilidad de aprendizaje vence al miedo a una nota baja, y
prefieren hacer la tarea que supone un reto, en vez de una opción fácil.
Además, por definición, estos niños están más motivados para esforzarse en
futuras pruebas y es más probable que obtengan éxito. Y aunque fallen en el
futuro, pueden atribuir fácilmente sus malas notas a no haberse esforzado
demasiado, lo que evita que se sientan impotentes, frustrados. “Elogiar el
esfuerzo lo empuja a llegar al máximo, a trabajar más y a perseverar ante las
dificultades”, menciona Richard Wiseman, en “59 Segundos", (2009).
Como
vemos, elogiar el esfuerzo, más que la habilidad (“bien hecho, seguro que has
trabajado mucho”), anima y motiva a los chicos, y pensamos que a todos, a
seguir intentándolo al margen e independientemente de las consecuencias, lo que
evita el miedo al fracaso. “Eso, a su vez, hace que deseen probar con problemas
que le suponen un reto, que disfruten más de dicho problemas y que procuren
resolverlos en su tiempo libre”, recalca Richard Wiseman.