lunes, 22 de julio de 2013



TODOS SOMOS ÚNICOS.


Existe una mentalidad o personalidad que podríamos llamar egótica cuya tendencia es comparar todo. Esta mentalidad lineal es propia de personas que les gusta criticar, evaluar, ponderar, analizar todo para buscar relaciones matemáticas de “más… que”, “mejor… que, inferior… que”, “superior... que” o, en el mejor de los casos, usan frases como “tal cosa, tal persona es tan… como”, que si algo es” igual o desigual que...”



Es habitual, muy corriente y cuenta con la fuerza de la costumbre, por lo cual no podríamos decir, en términos absolutos, que hacerlo es bueno o malo, que si es correcto o no, porque depende de ciertas particularidades. Por ejemplo, ¿qué sería de la poesía sin comparaciones? Ciertamente, hay parecido, algunas analogías y similitudes entre algunas cosas y otras, pero éstas son, cualitativamente, superficiales, externas.




Por otra parte, comparar cosas permite comprender mejor un proceso. Es, por tanto, un poderoso recurso para explicar algo abstracto, teórico o racional que rebasa lo tangible. Sin embargo, tratándose de personas o de lo que esta persona dice, esto es, de sus palabras o de lo que ella haga, es algo muy distinto, totalmente diferente. Aquí, en este punto, hay otro tanto que decir, porque de igual modo, podemos cometer ciertos errores.




La comparación y sus “anexos” son operaciones racionales, mentales y, en estos casos, siempre estará presente el ego con la lupa de Sherlock Holmes para juzgar y analizar. Al comparar, nos perdemos describiendo la experiencia o evento en vez de vivirlo. Nuestra mente nos trasporta, automáticamente, a otro lugar en lugar de estar presente en ese preciso y singular momento. Así, pues, la mente asesina en “primer grado” ese momento especial.




Parece paradójico, pero cuando comparamos, pretendiendo buscar relaciones, perdemos ese contacto íntimo con la persona, con sus  palabras o, en otros ejemplos, nos perdemos del sabor de la comida, de la belleza del lugar por esperar agentes externos que le sirvan de “fondo” a lo verdaderamente importante y esencial. Cuando evaluamos, comparamos, y ahí radica el error. Pensamos en lugar de sentir; la razón desplaza a la sensación.




Da igual si se compara experiencias, personas o ideas, tradiciones, o lo que quiera que sea, es un error. Del mismo modo, comparar a Cristo con Buda o Mahoma, Krishna con Rama o Mahavira, por mencionar unos ejemplos de tanto que podríamos elegir de otros ámbitos o esferas de la vida, como el deporte, la ciencia o la cultura, comete un grave error. Esta actitud, nos evita y priva poder retomar su mensaje, sus palabras o desarrollar nuestro propio talento o personalidad. Es absurdo hablar de diferencias, ya que todo el mundo es único, es él mismo, somos irrepetibles y como nosotros “no hay dos”.




La comparación es una entrometida y siempre acude sin cita previa a las grandes citas y encuentros. Por eso, es, como en un triangula, el tercer lado. Así que debemos evitar que se convierta en la “hipotenusa” experiencial de nuestra vida, es decir, que interfiera  en la relación directa y fundamental entre nuestra propia experiencia o vivencia.




Todo es único, singular, incomparable. Por lo tanto, y en consecuencia, “si la individualidad de las cosas, su personalidad y su unicidad se vuelve incuestionable para ti, entonces dejaras de comparar”, acota Osho.






Conclusión: Seamos nosotros mismos y no copias de otros.


domingo, 16 de septiembre de 2012

EL ÉXITO ES MÁS CUESTION DE ACTITUD QUE DE APTITUD.

¿Cómo aumentar la confianza en las personas para que tengan éxito? ¿Cómo aumentar la fe y la confianza en ese potencial? ¿Cómo aumentar la confianza en sus logros y éxito? ¿Qué es lo que, más que otra cosa, motiva a las personas a finalizar una tarea? ¿Qué tipo de elogio o de halago anima más? No hay una respuesta tajante para estas cuestiones. Sin embargo, nos vamos a centrar, por el momento, en una investigación realizada, primero, por Carol S. Dweck y, después, retomamos algunas ideas de Richard Wiseman. Así que, por ahora, nos vamos a centrar en dos tipos de elogios motivacionales muy importantes: el primero es valorando las habilidades y, la otra, valorando el esfuerzo.

¿En qué consistió su investigación? Para averiguarlo, la autora de La Actitud del Éxito, Carol S. Dweck, empezó su estudio con un centenar de estudiantes adolescentes. En un primer momento, se les dio un conjunto de diez problemas, más o menos, complicados que habían sido extraídos de una prueba de Coeficiente Intelectual no verbal.

Al final de la prueba, en su mayor parte, los chicos lo hicieron bien, con lo cual se les elogió, primero en base a su capacidad: “caramba, has obtenido ocho respuestas correctas. La verdad es que es una puntuación muy buena. Debes de tener aptitudes para esto”. A este grupo de estudiantes, se les elogió por su capacidad intelectual, por sus habilidades, por su talento: tienes mucho talento.

En cambio, a otros estudiantes se les elogio por su esfuerzo: “caramba, has obtenido ocho respuestas correctas. Debes de haber trabajado duro de verdad”. Como se puede apreciar, estos chicos no se les ver que eran poseedores de un don especial, sino que, más bien, se les elogió por haber hecho lo necesario para alcanzar el éxito.

En principio, ambos grupos eran iguales. Pero se empezaron a desmarcar a partir de los elogios. ¿Qué efecto había tenido un elogio en sus actitudes a la hora de resolver nuevos problemas? En primer lugar, a los que se les había elogiado por su capacidad rechazaron cualquier tarea en la cual estaba implícito el esfuerzo y, sobre todo, en dónde se trataba de aprender. ¿Por qué? Según la autora, la razón por la cual ellos no querían hacer nada, se debía al hecho de que no querían que las nuevas pruebas revelaran sus habilidades y cuestionaran su talento.

¿Qué sucedió con el otro grupo de estudiantes que habían sido elogiados por su esfuerzo? Como era de esperar, más del 90% de los chicos que habían sido elogiados por su esfuerzo se apuntaron, sin dudar y sin miedo, a emprender una nueva tarea en la que, seguramente, podrían aprender.

El segundo paso de la investigación consistió en darles una nueva prueba aún más complicada, más difícil que la primera. Como es fácil imaginar, dada la complejidad, casi ninguno resolvió favorablemente la prueba. Dice la autora que “los chicos que habían creído en sus dones llegaron entonces a la conclusión de que después de todo no eran inteligentes. Si el éxito había significado para ellos que eran inteligentes, no obtenerlo significaba que eran de cortos alcances”. Como es natural, terminaron por dejar de encontrarle la gracia a los problemas. Al estar presionados y motivados extrínsecamente, ya no se divertían. En palabras de Carol S. Dweck, “la diversión se acaba en cuanto pretendes conseguir la fama y tu talento puede ser puesto en duda”.

Por el contrario, añade, que “los chicos que creían en el esfuerzo llegaron a la conclusión de que la dificultad significaba tener que aplicar más esfuerzo. No consideraron el fallo como un fracaso y tampoco pensaron que fuera un reflejo de su capacidad intelectual”. Lejos de considerar que el resultado no era el esperado, vieron en los retos una nueva oportunidad para recrearse, de divertirse y, por tanto, de aprender.

¿Qué fue lo que, al final de todo, pasó con el rendimiento de los estudiantes? “Después de haber fracasado ante las dificultades, el rendimiento de los estudiantes elogiados por sus capacidades cayó en picado, incluso cuando les dimos problemas sencillos”. Lejos de mejorar, empeoraron no sólo respecto a los “contrincantes”, sino también en relación a las primeras tareas, puesto que habían perdido su confianza y la fe en sus capacidades o, lo que es igual, en la inteligencia. Por su parte, los que habían sido halagados por su esfuerzo, rindieron cada vez mejor. A raíz de los problemas, aguzaron su talento: se hicieron más inteligentes. Hasta cierto punto, resulta paradójico que el test de inteligencia no aumentara la inteligencia de los chicos “inteligentes”, sino que, al revés, la disminuyó. En lo que se refiere a los chicos considerados poco listos o con poco talento, sorprendentemente, aumentó considerablemente.

Tenemos más cosas por decir: resulta que, para darle la última vuelta de tuerca al tornillo, por así decir, se les sugirió la idea de que esa misma prueba que habían hecho, la pensaban aplicar a otros colegios para comparar resultados. Para eso, se les pidió que, en una hoja, escribieran sus opiniones sobre los problemas planteados y, algo importantes: que escribieran qué puntuación habían obtenido al realizarla. Antes de seguir leyendo, ¿qué se imagina el lector que escribieron, al menos, el 40% de los estudiantes que habían sido elogiados por sus capacidades? Mintieron sobre sus puntuaciones reales y lo hicieron mejorándolas. Claro, no cabe la imperfección, los fallos, los errores en este tipo de mentalidad, por lo que, al mentir, ocultaron esas “lunares” o puntitos negros, por decirlo figuradamente.

            Hasta aquí, ¿qué conclusión se puede sacar? Carol S. Dweck menciona que, al descubrir esta cuadro sorprendente, pero sobre todo, deprimente, fue que habiendo partido de chicos normales, con sólo decirles que eran inteligentes, se convirtieron en mentirosos.

Estos hallazgos son de suma importancia para padres, maestros, entrenadores,  porque, no necesariamente, pero existe la posibilidad de que, si desconocen estos principios psicológicos, caigan en en el peligro de caer en su propia trampa y, al final, se sientan defraudados, decepcionados. En resumen: “decirles a los niños que eran listos hizo que al final se sintiesen más tontos y actuaran más tontamente, aunque afirmaran ser más inteligentes” (Carol S. Dweck).

A continuación, damos el último retoque a la presente investigación, recurriendo a Richard Wiseman, en especial, a su libro “59 Segundos”. Este autor, viene a confirmar lo que Carol S. Dweck había estudiado con jóvenes, pero él, en este caso, lo haría con niños. En general, se trata lo que podríamos llamar la moraleja de todo lo mencionado anteriormente: elogiar el esfuerzo más que la habilidad a la hora de conseguir algo. En esencia, el mensaje es idéntico: decirle a un niño que es inteligente puede que lo haga sentir bien, pero también puede inducir un miedo al fracaso. Por tal motivo, haría que el niño, a la larga, evitase situaciones complicadas para no quedar mal visto si no tiene éxito.

Además, decirle a un niño que es inteligente, le indica que no necesita esforzarse para hacerlo bien, como todo, supuestamente, es fácil para ellos. Por este motivo, los niños podrían estar menos motivados para hacer el trabajo necesario y podrían tener más tendencia a fallar. Desde un punto de vista psicológico, cuando se le dice a un niño que es listo o que tiene mucho talento, no es bueno para su salud mental. ¿Por qué? Básicamente, porque tenderá a evitar situaciones complicadas, a no esforzarse lo suficiente. Por lo tanto, esto lo lleva a desmotivarse rápidamente cuando la cosa se pone difícil.

En cambio, recibir cumplidos por el esfuerzo, por el empeño realizado es algo muy distinto a recibirlos por la habilidad, por la capacidad. Los niños que ven recompensados sus esfuerzos, se sienten más animados a volver a intentarlo, independientemente de las consecuencias, librándose así del miedo al fracaso. Por tanto, la posibilidad de aprendizaje vence al miedo a una nota baja, y prefieren hacer la tarea que supone un reto, en vez de una opción fácil. Además, por definición, estos niños están más motivados para esforzarse en futuras pruebas y es más probable que obtengan éxito. Y aunque fallen en el futuro, pueden atribuir fácilmente sus malas notas a no haberse esforzado demasiado, lo que evita que se sientan impotentes, frustrados. “Elogiar el esfuerzo lo empuja a llegar al máximo, a trabajar más y a perseverar ante las dificultades”, menciona Richard Wiseman, en “59 Segundos", (2009).

Como vemos, elogiar el esfuerzo, más que la habilidad (“bien hecho, seguro que has trabajado mucho”), anima y motiva a los chicos, y pensamos que a todos, a seguir intentándolo al margen e independientemente de las consecuencias, lo que evita el miedo al fracaso. “Eso, a su vez, hace que deseen probar con problemas que le suponen un reto, que disfruten más de dicho problemas y que procuren resolverlos en su tiempo libre”, recalca Richard Wiseman.

miércoles, 18 de abril de 2012

LA ENTREGA TOTAL EN EL JUEGO NOS LLEVA A LA VICTORIA.

Cuando el resultado no iba en consonancia con lo que esperaba, un amigo tenía una frase proverbial, como consuelo, para estos casos. Decía: “perder por querer ganar, no es perder”. En más de una ocasión, el efecto psicológico que tenían estas palabras, me confortaban. Pero, de vez en cuando, me entraba la duda y, con un suspiro profundo que salía de lo más profundo del pecho, empuñaba con fuerza y con furia  mis manos: quería la revancha. Pero mi enojo, lejos de hacerme ganar, me hacía perder, y entendía ese viejo refrán “el que se enoja pierde”. Eso ocurría en un nivel personal, pero en un plano más general, ¿cuál es el cuadro que contemplamos a la primera?
En una sociedad hambrienta y sedienta de poder, el control sobre los resultados suele ser el arma más importante y poderosa en el juego de la vida. En palabras de Patrina Raichur (407) “creemos que el control es la forma de obtener lo que deseamos, y es esa medida es sinónimo de felicidad”. En nuestra cultura, el acto de perder, muchas veces, significa ser un perdedor. En nuestra sociedad, está mal visto perder y, muchas veces, se asocia, erróneamente, un hecho casual y fortuito con la identidad: has perdido, por tanto, eres un perdedor.
En lo que respecta a lo anterior, parece bastante normal, y hasta de sentido común, hacerse la siguiente pregunta: ¿cómo puede ser bueno perder? Vale, tienes razón: no es bueno, pero ¿por qué no es bueno? La respuesta es que así nos lo han hecho creer; porque así nos han educado. Dicho en negativo: perder es malo, y la justificación a favor de este argumento parece ser que, por naturaleza, a nadie le gusta perder. En palabras de Richard G. Mitchell jr. (1998:67) “la derrota conlleva un estigma, se convierte en signo de inferioridad, irracionalidad, falta de compromiso”.
¿Existe lógica? Que cada quien lo vea con su ojos, a su manera. Por ejemplo, para muchos deportistas, el simple hecho de competir en un Torneo ya, de por sí, representa una victoria; todo lo que venga después es “un regalo”, suelen decir. Por tanto, detrás de todo resultado está más la aptitud, la actitud. Dicho de otro modo: las derrotas son “resultados no esperados”. ¿Qué significa esto? Esto quiere decir que nosotros mismos determinamos los resultados en base a las expectativas que nos marcamos, como si, por adelantado, pudiéramos aspirar al punto.
Tradicionalmente, en el deporte, al menos, “la competición se convierte en el factor dominante del juego y la victoria la meta primordial. Las gratificaciones intrínsecas son sustituidas por las recompensas extrínsecas de prestigio y beneficio” (Mitchell jr 1998:66). Actualmente, los juegos han perdido su carácter lúdico y han pasado a convertirse en una “guerra sin armas”. En tales condiciones, ha perdido su espontaneidad por reglas frías y racionales. La emoción de ganar es más fuerte que la de perder, porque hay detrás de todo el esfuerzo físico y, también, mental, altas sumas de dinero como apuestas al favor del vencedor. Aunque existen reglas, en aras de la victoria, el fin justifica los resultados. La atención está al rojo vivo puesta en la meta. “Cuando la atención está puesta totalmente en el proceso de hacer, el esfuerzo desaparece” (Pratina, 1989:418-419).  El estrés está servido en bandeja llena; no hay disfrute, sino placer a flor de piel.
Normalmente, para el protagonista, no existe o es nulo el disfrute, porque “la victoria es tan importante, la competición tan deseada, los jugadores tan especializados, las posibilidades de una ejecución individual adecuada son tan remotas y las posibilidades de ser criticado son tantas que no merece la pena arriesgarse”, enfatiza Richard g. Mitchell jr. Pp67. En vez de estar emocionado por querer ganar, está preocupado por perder. Ya no es dueño de sí mismo; es como una máquina bajo el mando de los espectadores.
El sentido original del juego se desvirtúa: “la finalidad del juego cambia del logro de un disfrute inmediato a la adquisición de un éxito último, de los medios a los fines. La auto-conciencia es mucho mayor y se escinde la acción y la conciencia” (Mitchell jr. 1998:67). En pocas palabras: “el juego pierde su significado icónico y recompensa autotélica” (Mitchell jr, 1998:69), para convertirse en una actividad exotélica, esto es: en una actividad donde reina las recompensas externas y, preferentemente, el “factor económico”.
Si esto se ve lógico, es por la costumbre. Después de todo, hay quienes encuentran en sus vidas, la realización y plenitud sudando adrenalina por los poros de la piel con actividades extremas. Pero, llegado a un tiempo considerable, les cuesta recuperar físicamente esos momentos de gloria. ¿Qué es lo más usual en la conducta de algunos atletas? Resulta que, en la gran mayoría de las veces, al no tener “vigente” el vigor y la energía de antes, ya no tienen, tampoco, ese acicate que, como espuela, antes les “picaba”. Ahora, al enfrentarse a nuevos retos, peligrosos o fuertes, les resulta, si no más difícil, más complicado: ya no están “en condiciones”, aunque les arda el corazón por volver a realizar, de nuevo, lo que en su tiempo tanto disfrutaban haciendo. Eso era su mundo, ahora, al no tenerlo, han perdido, en el proceso, su mundo alrededor del cual giraba su vida. ¿Consecuencias? Al no sentirse aptos para encontrar, en sustitución, otro “Elemento”, caen en la desesperación y, más de uno, de refugia en las drogas u obedece a sus más “bajos instintos”.
Sin embargo, nuestra postura es que es enteramente posible recobrar el verdadero sentido “icónico” del juego, en una sola pieza, como ludens y como paideia. La actitud es retomar, de nuevo, el juego (incluyendo el deporte), como diversión, como pasatiempo, como tiempo libre o, al estilo griego, como ocio productivo. ¿Qué quiere decirse con esto? Esto significa, usar el tiempo de ocio para el desarrollo de nuestra personalidad. Tal es el verdadero y original sentido de la palabra escuela. ¿Cuál sería una posible alternativa? El juego como convivencia y la participación caballerosa o como “entrega”, son unas posibles respuestas, pero sobre todas las cosas, que el valor resultado no sea el que marque la pauta a seguir.
Veamos qué es lo que ocurre cuando se elige enfocar el tema desde otra óptica: “cuando nos entregamos completamente a lo que hacemos, ganamos independientemente de cuál sea el resultado final, porque habremos disfrutado el proceso en su plenitud. En este “fluir” no somos presa del deseo de alcanzar un determinado resultado, puesto que experimentamos un sentimiento de realización en todo momento durante el camino”, acota Pratina Raichur (1989:199). En otras palabras: “cuando nos entregamos al proceso de lo que hacemos, la recompensa está en la acción misma. Independientemente del desenlace final, internamente hemos ganado” (1989:243).
¿Qué es lo que viene luego? Contra todo pronóstico, ocurre el “milagro”: “paradójicamente, al liberar de esta manera nuestra atención del pensamiento de alcanzar el éxito, creamos la concentración necesaria para alcanzarlo”. Sin embargo, “esta idea de imparcialidad ante el éxito y el fracaso, se aparta por completo del esfuerzo orientado hacia el éxito propio de la cultura occidental moderna. Esto resuelve una posible duda: ganar importa, pero no lo es todo. Lo que cuenta más es, por encima de todo, es ganar en buena lid; ganar con actitud ganadora.
Tiempo antes, ya habíamos mencionado la idea de que el flow es un “pretexto” y no un motivo, o leit motiv, para alcanzar el éxito. Hoy presentamos más ideas para tenerlo, aún, más claro y bien definido. Fluir, entonces, se convierte en oportunidad para lograr la belleza y la estética verdadera en las obras y, al mismo tiempo, en la “disciplina” necesaria que hace posible convertir el trabajo en amor. De hecho, y en palabras de Pratina Raichur (1998:198), “cualquier acto realizado con entrega y con la conciencia enfocada en un solo punto produce los resultados más poderosos”. Prácticamente, cualquier acción realizado con pasión y con la fuerza de los músculos y, claro, con el fuego del amor, conduce a un resultado más profundo y tiene una influencia evolutiva, es decir, nos hace crecer…
Como bien dicen los Vedas: aquello en lo que pones su atención, florece. Lo sabemos, porque, en sí, “la atención es energía, y la energía conlleva fuerza. Cuando nos preocupamos por los resultados de una acción, parte de nuestra atención permanece en el futuro. Como consecuencia, la mente se divide y la acción se debilita”, indica Patrina Raichur, (198:407). De este modo, esperamos dar una respuesta, con fundamento, acerca de la importancia de enfocarse en los procesos, más que en los resultados: “cuando nos desprendemos mentalmente de las expectativas, liberamos la atención para que pueda fijarse totalmente en la actividad, garantizando un mayor éxito. Pero no es lo mismo desprenderse de la preocupación por un resultado que el deseo de alcanzarlo. El deseo es el acicate de toda creación. ¿Por qué actuar si no es para hacer realidad un deseo?”, enfatiza Patrina Raichur (1989:407).
Parece indiscutible que “tener una visión de la meta es requisito para la acción y la realización, pero apegarse a la meta es una forma de impedir que se cumpla”, recalca la autora de “Ayurveda” (1989:407). Para la tradición védica, “la mente enfocada es imparcial ante el éxito o el fracaso, aunque no indiferente, y esa imparcialidad es el secreto de una vida feliz” (Patrina Raichur, 1989:407). Según la tradición Veda – insistimos –, “nos desprendemos del apego al resultado de la acción. En efecto, entregamos la preocupación por el resultado a fin de poder enfocar la atención solamente en el proceso”, (idem: 406). Enfocarse en la acción es enfocar la atención únicamente en la tarea que tenemos entre manos, lo cual se logra como resultado de una voluntad disciplinada.
“Enfocarse en una tarea lleva a la concentración, pero enfocar no es concentrase. En su forma ideal, es un estado tranquilo de la mente en el cual la atención, libre de toda distracción, se unifica sobre esa sola actividad hacia la cual nos dirigimos. A este estado relajado no se llega a través del control mental, el cual por definición, exige esfuerzo y concentración, sino entregando la mente a la actividad”, subraya Pratina Raichur (1989:406). Pero, ¿Cómo entregar la mente a una actividad? Dicho de otro modo, ¿qué es aquello que dejamos ir exactamente? Según el veda, nos desprendemos del apego al resultado de la acción. En efecto, entregamos la preocupación por el resultado a fin de poder enfocar la atención solamente en el proceso”, 406, pratina. Enfocarse en la acción es enfocar la atención únicamente en la tarea que tenemos entre manos, lo cual se logra como resultado de una voluntad disciplinada.
Es obvia la importancia de la concentración para fluir, ya que “cuando estamos totalmente inmersos en la acción, la mente no se distrae con ningún otros pensamiento; somos uno con el presente, somos eternos. Esta inmersión total en la acción es una experiencia de libertad sin límites. La mente está quieta, pero activa; el cuerpo está en reposo, pero lleno de energía”, señala Pratina (1998:403). O sea, dicho de otro modo: cuando estamos en la zona o, como diría Ken Robinson en El elemento: “estar en el elemento y, en especial, estar en la zona, no quita energía: la da”.  

martes, 3 de abril de 2012

LA FELICIDAD ES LA PALMA QUE CORONA NUESTROS OBJETIVOS.

¿Qué es la felicidad y qué relación guarda con el éxito o, mejor dicho, con el logro de nuestros objetivos? Como muchos otros conceptos, éstos son relativos y dependen, fundamentalmente, de valoraciones personales y, en general, culturales. En cierto modo, cada persona, tiene su propio “diccionario” donde se define, para sí, estas dos palabras. Como podemos apreciar, el éxito, al igual que la felicidad, son términos relativos y, más que todo, son subjetivos. En última instancia, somos nosotros los que decidamos llamarlo así.
Mihaly Csikszentmihalyi, por ejemplo, ha mencionado que “contrariamente a lo que la mayoría de nosotros creemos, la felicidad no es algo que simplemente nos suceda, es algo que nosotros hacemos que suceda, y es el resultado de nuestro mejor esfuerzo”. Con lo cual, da a entender que la felicidad es un proceso activo, fruto, en su mayor parte, del trabajo y del esfuerzo. Sin duda alguna, cuando tienes éxito en lo que sea, sobre todo, si te ha costado mucho esfuerzo, te sientes feliz. En pocas palabras, la felicidad tal y como la define el autor de Flow, tiene que ver más con el hacer, con ser que con el tener y, sobre todo, con el sentir o, mejor dicho, con la calidad de la experiencia subjetiva, diría.
En la vida cotidiana, se suelen confundir la felicidad, el éxito y, por tanto, el dinero, como si fueran una y la misma cosa; como si fuesen sinónimos. Normalmente, el éxito se le suele asociar, aunque no siempre ni mucho menos, en términos económico-financieros o, para decirlo simple, con el dinero. Para mucha gente, las líneas directrices de su vida, tiene que ver con el éxito, más que con la felicidad, porque para ella, al menos, son lo mismo. Ordinariamente, tener éxito significa, tener dinero; tener mucho dinero o, más aún ser millonario, es ser exitoso y, según, esa persona es feliz.
Por lo menos en Occidente, la riqueza, la condición social y el poder son, en nuestro tiempo, símbolos de la felicidad. No obstante, la práctica cotidiana demuestra, una y otra vez, que el éxito no es el que lleva a la verdadera felicidad, sino que es al revés: la felicidad lleva al auténtico éxito; la felicidad no deriva del éxito, sino que lo causa. Tal vez, lo contrario también se aplique en este mismo sentido, es decir: que cuando eres feliz, lo eres porque, de algún modo, has logrado el éxito, una meta u objetivo. Tener éxito significa lograr objetivos. “Éxito significa ganar”, dice David J. Schwartz (2007:23), por tanto, no tener éxito es tanto como decir, fracaso.
Prosiguiendo con el tema: se sabe que “el éxito material no trae consigo la felicidad”, M. Csikszentmihalyi (2010:75). Sin embargo, todo depende, más bien, de cómo se use el dinero: éste puede disminuir o incrementar la felicidad. Los datos arrojan que las personas que viven en países ricos, por ejemplo, se consideran, hasta cierto punto, más felices que los que son económicamente pobres. Como quiera que sea, el dinero, el bienestar físico o la fama, sólo tienen importancia en la medida en que nos ayudan a sentirnos mejor y, si se puede, ser feliz. Harv Eker, a propósito, ha dicho que “el dinero es un lubricante: te permite “deslizarte” por la vida en lugar de tener que ir “arrastrándote” por ella”. Total: “es mucho más fácil ser feliz cuando la vida de uno ha sido agradable”, anota M. Csikszentmihalyi, (2011:153).
De lo anterior, se puede poner rojo sobre blanco que cuando se tiene éxito, uno se siente feliz. Por tanto, el éxito o, lo que es igual tener éxito, en cualquier cosa que hagamos, es un factor importante para una vida plena y feliz. Según el Dr. Deepak Chopra, si hacemos de la felicidad nuestro objetivo primordial, podemos lograr todo lo demás que deseemos. “En lugar de ser un hombre de éxito, busca ser un hombre valioso: lo demás llegará naturalmente”, dijo Albert Einstein.
Para finalizar, cito las siguientes frases:
- “Aquello que te proporciona la mayor felicidad tiene que ver con tu objetivo”.- Jack Canfield (2005:50).
- “Nadie atrae tanto el éxito como la persona que hace lo que le gusta”.- Talane Miedaner (2002:191).
- “El gran error que comete la gente en la vida es no intentar vivir de lo que más le gusta hacer”.- Malcolm S. Forbes.
- “El propósito de la vida es ser felices”.- Dalai Lama.
- “El éxito es la meta de la vida”.- David J. Schwartz (2007:23).
- “La felicidad es la meta de todas las metas”.- Dr. Deepak Chopra.
- “El propósito moral de la vida el hombre es el logro de su felicidad”.- Ayn Rand, (2006:70).  
- “El propósito moral más elevado del hombre es el logro de su propia felicidad”.- Ayn Rand, (2006:39).  
- “La felicidad es el estado exitoso de la vida”.- Ayn Rand, (2006:40).
- “La felicidad es aquel estado de conciencia que surge de los logros de los propios valores”.- Ayn Rand, (2006:41).  
- “La única fortuna que vale la pena encontrar es un propósito en la vida”.- Robert Louis Stevenson.

lunes, 26 de marzo de 2012

LOS CONTEXTOS AUTOTELICOS ALICITAN EXPERIENCIAS AUTOTELICAS.

¿De qué va este tema hoy? En esta ocasión, abordaremos un tema interesante: ¿cómo se divierte la gente y en qué? Le faltan números a las matemáticas para cuantificar tantas formas posibles que tiene la gente para disfrutar y, a la vez, le hacen faltan letras al alfabeto para nombrarlas. Sin embargo, el flow es más que la suma aritmética de sus características y componentes. 
Se conoce perfectamente que cada persona tiene su particular forma de disfrutar y no existe una forma universal válida para todo el mundo. Hasta hoy, el flow o, como quieras llamarle a esa experiencia óptima, es lo más cercano y parecido a la felicidad; sin fluir no se puede ser feliz. Cuando, por primera vez, descubrimos que podemos aprender a disfrutar o ser felices, gracias al flow, metafóricamente hablando, el Reloj detiene su tiempo, para aplaudir con sus manecillas y tocar tictacs para celebrar este momento especial.
¿Cómo nos damos cuenta de que estamos ante un estado psicológico positivo agradable? Hay indicadores generales de cuando la gente, más o menos, manifiesta sentirse feliz o contenta. Algunos de esos indicativos, ya los hemos enumerado antes, por lo que por ahora, nos limitaremos a mencionar los “matices”. Resumimos, a modo de recuerdo, unos pocos: saber hacer algo hasta tener todo “fríamente calculado” y, sobre todo, ser consciente de que lo sabemos: saber que sabemos. O, dicho de otro modo: la conciencia (saber) y la competencia (el hacer). Porque, como acertadamente expresa Robert  Dilsts (1999:57): “sin el cómo, no sirve de gran cosa saber lo que se supone que debemos hacer e, incluso, por qué debemos hacerlo”. De modo que “el dominio de una habilidad incluye tanto la habilidad de “hacer lo que sabemos” como de “saber lo que hacemos”, apunta Robert B. Dilts, (1999:69). Entonces, nadie nos dirá, ni de broma: “si me enseñas a hacer lo que haces, te diré que estás haciendo” (Grindler).
Un puntito sobre la i: para ser felices, resulta ser contraproducente ponerse a “intelectualizar” algo que, de por sí, entra en el dominio emocional: preguntémonos si, en un momento dado, somos y, por increíble que parezca, dejamos de ser felices. En pocas palabras: es algo meramente subjetivo, ideal o, como muchos prefieren llamar, espiritual. Y es que, como sabemos, hay quienes saben qué hacer, pero no saben aún cómo hacerlo. Así que la pregunta importante es esta: ¿cómo sabes que sabes algo? La respuesta es sencilla: si lo vives. Es decir, si lo experimentas en carne propia y lo puedes explicar conceptualmente (no siempre). Y, acto seguido, saber cómo estamos haciendo algo, nos da la seguridad, la calma y la tranquilidad psicológica que nos dice al oído que “todo está fríamente calculado”, que todo bajo control. Entonces – y sólo entonces –, la concentración, hace “acto de presencia”. En esos momentos, nos sentimos en sintonía con aquello que hacemos; nos “confundimos” como la obra. Cuando todo estos eventos tienen lugar, sentimos que las coordenadas espacio-temporales, no se corresponden con la percepción de la realidad ni con lo que estamos sintiendo en esos instantes.
En otras palabras, “sabemos” que estamos disfrutando, cuando realizamos una actividad que nos quita el sueño, el hambre, el dolor, el miedo, el cansancio. Antes de que lo pregunten, me adelanto a decir que, obviamente, debemos estar y sentirnos en buenas condiciones, con energía y vitalidad. Y, para eso, antes, debemos volvernos “alpinistas” con tal de escalar unos cuantos peldaños de la Pirámide de Maslow.
El disfrute es un juego perfecto entre factores objetivos y subjetivos que termina en “tablas”. Sin embargo, para muchos, la experiencia empieza sin darse uno cuenta, por sí sola, no se limita ningún tiempo ni espacio concreto. Digámoslo de otro modo: el acto de fluir o de vivir una experiencia-cumbre, no es algo que podamos decidir a voluntad; no lo podemos forzar. Se da sin más, de buenas a primeras, sin que nos demos cuenta, de repente, ya estamos bajo su poder. No podemos dominarla; más bien, es ella quien nos domina y viene a nosotros: nos asalta. Empieza en el acto mismo o en cualquier momento, sin darnos cuenta. En ciertos casos, comienza por sí sola, de manera natural y espontánea. Todo lo que se tiene que hacer es empezar, y punto. Eso sí, hay coincidencia en afirmar que este singular fenómeno se produce cuando la persona disfruta con lo que hace, voluntariamente, por elección libre y, consecuentemente, por el mero gusto de crear.
Existe un amplio sector de personas que, en cambio, necesitan, como telón de fondo, encontrarse en ambiente apropiado, que necesitan estar en un lugar adecuado. Vamos a llamar, en la terminología del flow, simplemente, “contexto autotélico” que, como se pueden imaginar, es una “atmosfera” apta que crea unas condiciones favorables. Este “fondo”, puede ser un salón de baile, música al gusto o, en contrapeso, disponer de silencio para concentrarse, como cuando se juega al ajedrez. Otros ejemplos son: un campo deportivo, una cancha o un gym o un “dogo” para meditar. Por favor, si algo determinado y en contrto, lo hace sentir bien, eso también es, sin duda, necesario, porque prepara el escenario perfecto para fluir. Es verdad que un entorno favorable propicia, de manera especial, la aparición de flujo, por la sencilla razón de que, de ese modo, se evitan las distracciones típicas que causan desvíos en el pensamiento. Un ambiente tranquilo sirve para crear las condiciones y las circunstancias adecuadas para estar o entrar en “la zona del flow”.
Entro otros muchos, también nos encontramos con otro grupo en el que podemos “colocar” a ciertas personas con un "rasgo de personalidad adquirido" al que llamaremos “actuitud”. Básicamente, se refiere a una actitud comportamental. Como tal, es una técnica poderosa que promueve resultados positivos, a nuestro favor, porque uno se sitúa en un estado idóneo que crea las condiciones, o la predisposición mental propicia para que se generen. La formula es: “si quieres sentirte… siéntete”. Beverly K. Bachel, (2005), lo dice con estas palabras: “si actúas de una forma determinada el tiempo suficiente, esa actitud pasa a formar parte de ti”. El marco “como si”, consiste en fingir que ya somos o nos sentimos lo que queremos.
Como vemos, para “entrar en onda”, estas personas necesitan vestirse para la ocasión, esto lo vemos, sobre todo, en los atletas que visten uniforme que, en pariencia, simboliza la idea de que “son otros” y que los distingue del resto. Su vestimenta los eleva a otro nivel, por encima de los demás espectadores. Supuestamente, su uniforme, les da “un aire de grandeza” o, en el caso de los “fans”, tenemos en el típico actuar “como si”, de ahí que compren cosas de sus ídolos para identificarse con ellos. Unos más tienen sus propias “supersticiones” personales y llevan, por ejemplo, amuletos o cualquier otra sortija que les da cierto “poder”. ¿Quién no conoce a personas que, para trabajar, se viste como si fueran a una fiesta? El motivo es que disfrutan de y con su trabajo. No cabe duda: es una actitud que acondiciona el camino para el flow.
Todos y cada uno de nosotros, tiene su particular forma de divertirse, y al decir de Elías Ramos: “los comentarios sobran cuando las personas somos felices a nuestra manera”. En fin, todo consiste en ser agradecido con la vida de tener esos momentos y, lo más importante, tener amigos con los cuales compartir esas experiencias y guardarlas, con en un banco, como “capital psicológico” que nos reditúa, con creces, mucha felicidad en el futuro. En efecto, cuando somos felices, en las cosas sencillas de la vida, no hay explicaciones ni argumentos acerca de que por qué nos sentimos, en un momento inesperado, así. La única justificación es que nos sentimos bien, que estamos plenos... El sentimiento de felicidad no tiene por qué ser, necesariamente, "ruidoso", a veces, en la soledad, en el silencio o acompañado, ante todo, de una persona especial, ese instante puede ser una fiesta, un festival para nuestro corazón...  
 Como quiera que sea, deberíamos aprender a fluir a tal grado que sea un acto inconsciente, como la respiración; haciéndolo de tal modo que no requiera esfuerzo y que, por lo tanto, sea “económico” respecto a los recursos atencionales. En cambio, las experiencias pasivas, son “baratas” en el sentido de que no requieren mucho gasto, inversión o esfuerzo de la atención o esfuerzo para extraer sentido de ella. Ya que, como manifiesta y resume Patricia Ponce: la vida es una diversión.

sábado, 17 de marzo de 2012

EL FLUJO NOS AYUDA A FLUIR EN LA VIDA.

La resiliencia, (o “defensa”, le llamaría el Psicoanálisis), es un término que sirve para explicar cómo ciertas personas en diferentes partes del mundo fueron o son capaces de superar, contrarrestar, sobreponerse, sobresalir y crecer de una forma positiva y exitosa ente… 
- problemas,
- conflictos,
- situaciones,
- adversidades,
- crisis,
- accidentes,
- obstáculos,
- reveses,
- desgracias,
- circunstancias adversas,
- acontecimientos negativos e, inclusive, cambios bruscos, como experiencias dramático-traumáticas, el sufrimiento o pérdidas fuertes de índole y naturaleza efectivo- sentimental. 
Dicho de otro modo: la resiliencia es la capacidad o el coraje que tienen algunas personas para encarar, hacer frente, para resistir y luchar por darle un vuelco a su vida a pesar de un pasado, un contexto o experiencias negativas. Y, contra todo pronóstico, salir victoriosos de esas experiencias con una buena actitud, más que de inteligencia, y tener la fuerza de seguir disfrutando de la vida. Lejos de renunciar a ver el sol cada mañana o darse por vencido, estas personas parecen salir, incluso, más fortalecidas de estos sucesos. En general, podemos decir que una persona resiliente es aquella que, lejos de ver un problema como insalvable, lo ve como una oportunidad de aprendizaje y de transformación personal.
Con toda seguridad, el ejemplo más típico, el más conocido, de persona resiliente sea Viktor Frank. En esto, Borys Cyrulnik, un gurú en estos temas, estaría totalmente de acuerdo. Además, contaría con el apoyo de M. Csikszentmihaly, sólo que él llamaría a este proceso, no “resiliencia”, sino “desarrollo de una personalidad autotélica”. Según esto, tener una personalidad autotélica, significaría que, a pesar de las graves limitaciones, una persona es capaz de cambiar su situación por “oportunidades de acción”. En otras palabras, significa tener la “capacidad para crear experiencias de flujo en el ambiente más estéril” (Csikszentmihaly, 2010:225).
Las personas resilientes, es decir, las que han aprendido a fluir, “son personas que, sin importar sus condiciones materiales, han sido capaces de mejorar la calidad de sus vidas, se sienten satisfechas y han logrado que las personas que les rodean también se sientan algo felices. Tales individuos tienen ganas de vivir, están abiertos a una gran variedad de experiencias. Csikszentmihaly (2010:47) enfatiza la idea de que la capacidad de perseverar a pesar de los obstáculos y retrocesos es la cualidad que la gente más admira en los demás, y con justicia, porque es probablemente el rasgo más importante, no sólo para tener éxito en la vida, sino también para disfrutarla”. Añade, que “una persona que sabe cómo encontrar flujo en la vida es capaz de disfrutar situaciones que aparentemente solo permitirían la desesperación”, (2010:290).
¿Cómo se puede desarrollar este tipo de personalidad o, más apropiadamente, el “carácter” para tomar tener las fuerzas de ponerse de pie antes de que la vida nos de la “tercera palmada” o estemos contra las cuerdas? “Para adquirir este rasgo de personalidad, uno debe hallar la manera de ordenar la conciencia y ser capaz de controlar los sentimientos y pensamientos”, expresa Csikszentmihaly (2010:47). Añade que la persona que es capaz de controlar la conciencia, “normalmente disfruta con el curso normal de su vida cotidiana” (p.47). Ya que “tales reveses no disminuyen necesariamente la felicidad. Es cómo las personas responden a las tensiones lo que determina si van a sacar provecho de la mala fortuna o van a sentirse fatal”, recalca Csikszentmihaly (2010:21). 

Según Montse Vila (2012), “las personas más felices son también las más resilientes, es decir las más capaces de superar trastornos y recuperar más prontamente un estado más tranquilo y feliz, lo que  parece evidenciar que existe un vínculo directo entre la resiliencia y la capacidad de ser feliz". ¿Cuál es o podría ser la clave? Recalca, asimismo, que "ser resiliente, tener una actitud proactiva hacia los acontecimientos y ver retos en vez de problemas, puede ser la clave".
En la vida,  todos tenemos malas rachas y parece que la suerte en vez de sonreírnos, nos hace una mueca; en vez de hacernos un guiño, cerrándonos un ojo, nos cierra los dos para no vernos. Es inevitable, por más que uno tenga lo que se llama suerte. Lo malo es quedarse atrapado o, literalmente, “empantanados” y, por tanto, no fluir con la vida. ¿Qué hacer en esos casos? En esos momentos, el desánimo podría apoderarse de nosotros y hacernos “tumbar el Rey”. Uno, más o menos, tiene una idea de qué hacer, pero, muchas veces, el problema real es cómo hacerlo. Así que “si no hay alegría, facilidad o liviandad en lo que hace, no significa necesariamente que usted debe cambiar lo que hace. Puede ser suficiente cambiar el cómo. “Como” es siempre más importante que “qué”. Vea si puede darle mucha más atención al proceso de hacer que al resultado de lo que quiere lograr con ello”, subraya Eckhart Tolle (2000).
Siguiendo el Hilo de Ariadna, es útil tomar en consideración existe una frase típica en PNL, que podemos usar como premisa de todo cambio dice: “si sigues haciendo lo que has hecho siempre, seguirás obteniendo los mismos resultados; si quieres algo diferente, vas a tener que hacer algo diferente”. O sea, que si queremos que una cosa sea distinta en tu vida, debemos hacer cambios, sobre todo si nos da los resultados que queremos.
Ya puestos, vamos a mencionar una idea que se suele usar en el Feng Shui y que explica que antes de quitar algo en nuestra vida, aunque sea malo, debemos colocar un sustituto adecuado para cubrir el “espacio vacío” que deja. Una idea extrema, y más drástica, es la que se lee en “Descubre el Secreto” (2008:99): “cuando se quiere crear algo nuevo, primero debe destruirse lo viejo”. P. Coelho escribió algo al respecto en “Aleph” (2011:24): “cuando estamos ante una pérdida, no sirve de nada recuperar lo que ya se fue; es mejor aprovechar el gran espacio abierto y rellenarlo con algo nuevo”. Metafóricamente, hay espacio libre y disponible que permita la entrada a nuevas experiencias, vivencias, aventuras, cosas, ideas, conceptos, sentimientos, pensamientos, proyectos o, inclusive, personas. En todo caso, la idea es "vaciar la bandeja" de "virus mentales", o entropía psíquica o experiencia de "antiflujo" que nos causan malestar emocional, heridas en el alma, como rencores, miedos, angustias, dolor, estrés, ansiedad. Si queremos que algo entre en nuestra vida, como en nuestra casa, debemos abrirle la puerta. Lo recibimos, le damos la bienvenida a nuestra nueva vida y, como un invitado especial, le reservamos un espacio libre, acogedor para que, al igual que nosotros, se sienta a gusto.  
Es importante recalcar que los hechos vitales o dolorosos, los problemas, las dificultades, los sufrimientos intensos o crisis, tienen un aspecto positivo, pero no quiere decir que sean bueno. A veces, son necesarios y, en más de una vez, resultan ser inevitables: son una señal de que algo debemos cambiar. En ese sentido, es como un desencadenante o catalizador que provoca una transformación profunda. Para eso se requiere apertura mental o una cierta “debilidad”, una vulnerabilidad.
A continuación, cito algunas algunos “tics” importantes para el cambio. John J. Emerick (2002:33), menciona que para que se produzca el cambio, deben darse los siguientes requisitos previos:
1-    Debes querer.  
2-    Debes saber cómo hacerlo.   
3-    Debes tener la oportunidad.
4-    Debes estar dispuesto. Es decir, tener la disposición de cambiar.  
5-    Debes tener la voluntad para hacer lo que sea preciso para que el cambio se produzca.
En esa línea, Anthony Robbins, describe en “Controle su Destino” (2008:160) que…
-       Primero tenemos que creer: “algo tiene que cambiar”. No que debería, o que podría cambiar, sino que tiene que cambiar absolutamente”. El imperativo, en estos casos, es: tengo que cambiar.
-     Segundo, no sólo tenemos que creer que las cosas tienen que cambiar, sino que tenemos que creer: “tengo que cambiarlo”. Porque nosotros somos la fuente del cambio.
-       Tercero, tenemos que creer: “puedo cambiarlo”. Sin creerlo así, resulta imposible cambiar.
Como añadidura, a lo anterior, Osho sugiere una técnica muy sencilla para cambiar un problema o mal hábito: darse cuenta tres veces de un problema con el fin de hacerlo consciente. Cuando esto ocurre, la mente es consciente del problema, toma nota de lo negativo y empieza a tomar cartas en el asunto. Después, casi por arte de magia, el problema desaparece. Además de lo anterior, también recomienda que respiremos honda y profundamente, para cambiar un patrón de comportamiento o un hábito mental negativo. “Todos los hábitos mentales están asociados con el patrón de la respiración. Cambia el patrón de la respiración y la mente cambiará automáticamente”, cita ocho. Esto que parece demasiado fácil y simple, tiene una explicación muy interesante: el acto de respirar es un proceso vital al cual la mente presta atención inmediatamente. Así que, en base a este dato, podemos usar este “argumento de fuerza mayor” para controlarnos cuando, por ejemplo, estemos enojados. Este es el mejor distractor para “engañar” a la mente. 
Como dato curioso: en Japón, a los niños se les enseña, desde pequeños, a controlar y dominar sus emociones por medio de la respiración y, como ha de saberse, son las personas que, más que cualquier otra en el mundo, saben controlarse. Controlar la mente, es necesario para fluir.
Por último, queda por mencionar que el cambio es un proceso que se da en una espiral ascendente, como el caparazón de un caracol: siempre vuelve sobre sí mismo, pero en un nivel más superior y más grande. Fundamentalmente, abarca los siguientes niveles:
1) Intelectualmente, reconocer la necesidad de dar un giro a la vida. Es decir,  saberlo.
2) Afectivamente, tenemos que experimentar sensorialmente, en carne propia, un cúmulo de nuevas sensaciones y emociones para contrastar cómo es que nos afecta a un nivel físico. Es decir, tenemos que sentirlo.
3) Actitudinalmente. Para renovar nuestro carnet de identidad, tenemos que expresar esos cambios conductuales. Es cuando hemos incorporado, “somatizado” algunas ideas. Entonces y, solo entonces, habremos cambiado nuestro cableado, instalado un nuevo chip a nuestra mente. Una vez establecido el nuevo programa mental, pensar, sentir y actuar se convierte, con la práctica, en nuestra “segunda naturaleza”. Esto es actuar. 

viernes, 9 de marzo de 2012

THE TAO OF THE FLOW O EL CAMINO DEL DISFRUTE.

Esta vez, vamos de hablar de cosas prácticas, empíricas e, incluso, intuitivas, que todos - uno más, otros menos -, hemos aplicado en nuestra vida personal: cómo empezar a disfrutar. Es decir, vamos a develar qué hay detrás del telón del escenario antes de que den la tercera llamada para que el disfrute entre en acción. Así, pues, en las siguientes líneas vamos a demostrar cómo, teórica y prácticamente, es posible saber cómo divertirse, sin que esto reste emoción y excitación a la experiencia. Para tal fin, vamos a recurrir con expertos cerrajeros, por así decirlo, para que nos den las llaves maestras que abran las puertas hacia ese “campo” o “zona del flow”.
En principio, podríamos pensar que, al aprender ciertos métodos o mecanismos sobre cómo podemos divertirnos o, lo que es igual, cómo aprender a divertirnos, le resta emoción y naturalidad para cuando, un día, se presente esos momentos especiales. Sin embargo, lejos de ser un acto “maquinal” o programado, teorizar lo que en la práctica sabemos intuitivamente, siempre brinda la oportunidad de hacerlo con “conocimiento de causa”, es decir, con fundamento. En honor a la verdad, muchas veces, el disfrute se da por casualidad, más que por causalidad. En efecto, entrar en el flow o, como también se llama popularmente, entrar en la zona es, en gran medida, algo involuntario; se da sin querer, sin más, sin esperarlo. Nos toma por asalto; de repente, uno se encuentra “dentro de la madriguera”. Es como si entrara en un campo magnético.
En principio, conocer cómo podemos aprender a entrar, a voluntad, en un estado mental armonioso que nos procure bienestar y paz interior, a pesar de las preocupaciones, obligaciones y problemas personales, es de gran ayuda para levantar la cabeza y mirar, cara a cara, a la realidad y, por supuesto, la vida. Gracias a estos principios, aparentemente simples, es posible dar un giro copernicano para que nuestra vida gire, con más fuerza, en torno a su sol real. Dicho de otro modo: en base al flow, aprendemos a que nuestra vida deje de “pivotear” en un “mareante” círculo vicioso, alrededor de las rutinas de toda la vida para que siga otro cauce con vertiente propia.  
Saber qué condiciones hacen posible una experiencia de flujo, ayuda a conseguir el máximo disfrute en aquellas actividades que consideramos aburridas y rutinarias. Así que, si me permiten usar la expresión, vamos a zambullirnos en el tema. Lo vamos a hacer, como es habitual ya, contestando algunas cuestiones importantes: ¿cómo podemos acceder a una experiencia de flujo o experiencia óptima? En decir, ¿cómo empezar a disfrutar? ¿Qué necesitamos hacer o, tal vez, tener? ¿Cómo podemos desencadenar o, si quiere, cómo podemos catalizar este singular tipo de experiencias? ¿Cómo se inicia y, lo más importante, cómo se mantiene en marcha? Más concretamente: ¿qué necesitamos para divertirnos? 
Está claro que existe un enorme abanico de ideas u opiniones, curiosas e interesantes, en respuestas a estas cuestiones. Como sabemos bien, en diversiones, como en gustos, se rompen géneros: cada persona tiene su particular forma de divertirse. Cada persona, tiene su propia “hoja de ruta” o cartografía o, en términos modernos, su GPS, que los lleva a esos estados mentales especiales, hasta en los lugares insólitos, insospechados, inesperados. Todos- absolutamente todos -, desde el que ocupa las primeras listas del Forbes hasta el de a pie, Tenemos nuestra particular forma de disfrutar de la vida y, además, cada uno de nosotros tenemos nuestro propio diccionario para definir qué es la diversión y qué es el disfrute.
Siempre es susceptible de poder aprender algunos “tics” sobre cómo fluir. No obstante lo cual, parece ser que en el mundo, hay personas que no les hace  falta saberlo, ni por definición. Al parecer, han “visto la luz” con ciertas “propiedades” caracterológicas y neurológicas que influyen considerablemente en un tipo de personalidad que podríamos denominar, con toda razón, “autotélica”. Esta cualidad inherente les permite ser, con mucha diferencia, más propensos a disfrutar con cosas, aparentemente, insignificantes y, al menos para los demás, aburridas.
Pareciera que, por naturaleza, estas personas están siempre ávidas por aprender y, por lo general, casi siempre encuentran oportunidades donde poder poner a prueba sus dotes y talentos. Los retos y desafíos, lejos de ser un problema, son la piedra para “afilar” sus habilidades y destrezas. En cosas complicadas, inclusive, peligrosas, se lo pasan estupendamente. Sudan adrenalina por los poros de su piel, por así decirlo. Simplemente, es un rasgo de su ser estar constantemente alegres, felices y con una sonrisa para todos en sus labios. Simple y llanamente, ya están en el flujo de la vida.
¿Qué debemos hacer los que llegamos tarde a la repartición de esta cualidad? Mientras tanto, los “principiantes” podemos usar, real y figuradamente, estos principios como esnórqueles para bucear en los profundos océanos del Flow. Cada uno a su modo y de acuerdo a sus posibilidades, claro.
¿Qué dice la Teoría del Flow al respecto? Bueno, para los que tenemos, más o menos, una idea aproximada ya de los elementos fenomenológicos del disfrute, la respuesta es sencilla. Resulta que, de acuerdo a la teoría, disfrutamos cuando, a la par y a la unidad, están en juego todos y cada uno de los elementos del flow. O sea, nos referimos, concretamente, a que en estos momentos maravillosos…
- tenemos metas claras, existe una justa y equilibrada correspondencia entre nuestras conocimientos, habilidades, destrezas y capacidades físico-mentales, son necesarios y suficientes para hacer bien una cosa; 
- disponemos de una retroalimentación: sabemos a cada instante, cómo estamos haciendo una cosa; 
- percibimos una sensación de control. Nos sentimos seguros, con calma y mucha tranquilidad psicológica: “todo está fríamente calculado”;  
- se da una especie de fusión de acción-atención. Como estamos tan absortos o como “raptados”, nos “confundimos” con nuestra obra; 
-  Las “cuerdas del reloj no funcional normal”, por lo que percibimos el paso del tiempo de forma “anormal”: unas veces, percibimos como si le saliera alas o que, por el contrario, se “atortugara”. Las coordenadas espacio-temporales, no se corresponden perceptualmente con nuestro “mapa” de la realidad. En estos instantes, estamos en otra dimensión, en un universo akásico, en un mundo paralelo o universo holográfico, dirían los “cuánticos”; 
- perdemos, temporalmente, la autoconciencia o sentido del yo: importa más lo que hacemos que nuestro ego y, en fin,   
-  sentimos que lo que hacemos vale la pena hacerlo porque sí, sin razón aparente, porque disfrutamos, sin más, haciéndolo. En todo caso, la justificación y explicación final de por qué hacemos lo que hacemos es la diversión. 
Por una parte, “sabemos” que estamos disfrutando, estamos y nos sentimos en buenas condiciones, con energía y vitalidad. Es decir, cuando hemos escalado unos cuantos peldaños de la Pirámide de Maslow. Digo “sabemos”, por no decir sentir (¿o senti-pensar del que hablan los poetas?), porque en el momento en el cual razonamos sobre ese estado, paradójicamente, dejamos de disfrutar. La prueba irrefutable de que fluimos es cuando, pongamos, al hacer una cosa, cualquier cosa, nos sentimos estupendamente, espectaculares y, normalmente, en esos instantes, se nos quita el sueño, el hambre, el dolor, el miedo, el cansancio. En pocas palbras:  el flow actúa como un anestésico/analgésico: hace olvidar el dolor.
De uno u otro modo, todo esto es del dominio público y no admite discusión, sin embargo, aquí viene la pregunta: ¿qué dice el Flow al respecto? Al ser el flujo una experiencia subjetiva, es lógico pensar que el factor mental es funda-mental. En ese sentido, tiene lógica afirmar que, en primer lugar, para alcanzar un estado de flujo se necesitan, básicamente, los suigientes elementos subjetivos:  
1)   el control mental y 
2) la atención y, de forma implícita y explicita, la concentración.
Tal vez suene demasiado idealista, pero según el Flow, la experiencia óptima depende de la capacidad de controlar lo que sucede en nuestra consciencia, momento a momento. Sin control mental no hay flujo, podría ser el axioma. Todos nuestros pensamientos y, por tanto, sentimientos, deben tener buena “sintaxis”. Dicho metafóricamente, para fluir debemos hacerle un feng shui a nuestra cabeza, debemos tener todo el orden y armonía, pero, sobre todo, que nuestra mente esté bien “amueblada” y, ante todo, evitar “ruidos” que interrumpan el flujo mental.  
Ya lo hemos dicho: el flujo es un estado psicológico (Jackson, 2001:32). Esto tiene un punto a favor: que controlando u ordenando la mente, la conciencia o, mejor dicho, la atención, podemos propiciar el flujo. ¿Qué puede implicar esto? Sencillamente, que se puede alcanzar “mediante el control mental – de la atención” (2002:32). En otras palabras, es la mentalidad la que abre la puerta de entrada hacia  el flujo. En efecto, para fluir es necesario crear un estado mental y volitivo acorde a lo que uno espere sentir o experimentar. Es decir, debemos tener una buena actitud y una disposición mental para querer divertirnos.
A propósito, Reed Larson  (198:169), lo resume: la experiencia óptima o el disfrute es “un estado que combina la motivación positiva con el dominio de la atención”. La experiencia de flujo epitomiza (de epítome) la mayor concentración de la energía atencional (Csikszentmihalyi, 1975). Cuando una persona ha aprendido a poner atención, inmediatamente es capaz de focalizar su mente en algo que, aparentemente, no es un filtro o foco de atención, eliminando las distracciones. Ahorra esa energía para emplearla en otra actividad.
¿Me siguen? ¿Por qué es importante mantener a raya los contenidos de la conciencia? Las respuestas son las siguientes:
-  "El orden de la conciencia produce un estado experiencia muy especifico, tan deseable que uno busca replicarlo con tanta frecuencia como le sea posible” (Csikszentmihalyi, 1998:43).  
- “El estado óptima de experiencia interna es cuando hay orden en la conciencia. Esto sucede cuando la energía psíquica (o atención) se utiliza para obtener metas realistas y cuando las habilidades encajan con las oportunidades para actuar. La búsqueda de un objetivo trae orden a la conciencia porque una persona debe concentrar su atención en la tarea que está llevando a cabo y olvidarse momentáneamente de todo lo demás” (Csikszentmihalyi, 2010:19). 
Y, ahora la pregunta es esta: ¿cómo controlar la conciencia? 
“La señal de que una persona controla la conciencia es que tiene la habilidad de centrar su atención a voluntad, que puede evitar las distracciones y concentrarse tanto tiempo como lo necesite para alcanzar su objetivo, y no más” (Csikszentmihalyi, 2010:57).
- “Para acercarse a la experiencia óptima tan estrechamente como sea humanamente posible, es necesario dar un último paso en el control de la conciencia” (Csikszentmihalyi, 2010:320).
 - La experiencia óptima o flujo, “se alcanza cuando todos los contenidos de la conciencia se encuentran en armonía entre sí” (Csikszentmihalyi, 1998:38).
- “La conciencia unificada que acompaña a la fusión de acción y atención es quizás el aspecto más revelador de la experiencia de fluencia” (Jackson & Csikszentmihalyi, 2000:39).
Por otro lado, estaría el otro “clúster”, o sea “factor técnico” u objetivo en conjunto con el “factor humano”. Usualmente, no se le da este nombre en la abundante bibliografía del flow, pero, “por didáctica”, vamos a elegir ese nombre en ausencia de otro mejor. De manera general, se está de acuerdo en considerar que la experiencia de flujo “requiere un incremento paulatino de los desafíos y el equivalente desarrollo de las habilidades” (Csikszentmihalyi, 1998:364)  o, sea, el flujo tiene lugar cuando…
- Cuando un individuo se enfrenta a una tarea que tiene metas claras que requieren respuestas específicas (Csikszentmihalyi, 1997). 
-  “Cuando tanto los desafíos como las habilidades son elevados y existe un equilibrio percibido entre ellos” (Rathunde, 1998:334). 
-  Cuando los individuos “perciben que existe un alto nivel de retos y de capacidades personales para afrontar” (Csikszentmihalyi, 2010:147). “Cuando los desafíos son elevados y se utilizan a fondo las habilidades personales, experimentamos este extraño estado de conciencia” (2008:12), llamado flujo. 
Dicho de otro modo: el flujo “sólo cuando las valoraciones de los desafíos y las habilidades son superiores a la media, además de estar equilibradas, se experimenta un estado de flujo” (Nakamura, 1998:314). Más generalmente: “cuando una actividad desafía suficientemente al individuo como para motivarle a aplicar sus capacidades plenas; según mejoran esas capacidades, la permanencia en el flujo requiere la adopción de mayores desafíos (Csikszentmihalyi/Larson, 1984) citados por Nakamura en Experiencia Óptima. En otras palabras, podemos expresarlo del siguiente modo: así:  
- “Para experimentar el flujo, primero debemos reconocer alguna oportunidad de actuar, o desafío” (2008:338). 
-  “La precondición universal del flujo es que una persona debería percibir que debe hacer algo y que es capaz de hacerlo. En otros términos, la experiencia óptima requiere un equilibrio entre los desafíos percibidos en una situación determinada y las habilidades que la persona aporta a la misma” (Csikszentmihalyi, 1998:43). 
-  El flujo se “produce cuando tanto los desafíos como las habilidades son elevados y existe un equilibrio percibido entre ellos” (Rathunde, 1987).
-  “Se alcanza la motivación máxima y se potencia la gratificación ante los logros cuando se consigue el equilibrio entre nuestras habilidades y nuestras responsabilidades, cuando las habilidades que poseemos son más o menos equivalentes a los desafíos que encaramos” (Mitchell Jr., 1998:69).
-  “cuando los desafíos y las habilidades van más allá de las posibilidades del nivel de la persona” (Jackson, 20002: 58).
-   El flujo sólo es posible cuando los resultados reales, significativos y decisivos dependen de la acción volitiva de los participantes. Las actividades triviales en sustancia o ajenas al control de los actores no fomentan el flujo” (Mitchell Jr. 1998:65).
- “Experimentamos flujo cuando logramos equilibrar las destrezas y las responsabilidades, cuando las habilidades que poseemos se corresponden con los desafíos que debemos encarar” (Mitchell, Jr. 1993).
- “Ser capaz de convertir los agentes estresantes en desafío es una clave para fluir” (Jackson, 200:36). 
-  El flujo se presenta cuando “los desafíos y las habilidades están equilibradas y ambos son superiores a la media” (Csikszentmihalyi, 1998:356). 
“La experiencia de flujo empieza sólo cuando los desafíos y las habilidades son superiores a cierto nivel, y está en equilibrio” (Massimini, 1982). 
 - “El estado de flujo parece producirse cuando las personas tienen metas claras y la dirección que les conducirá a las mismas. Saben lo que quieren lograr y entienden las reglas que gobiernan el modo de llegar hasta allí” (Larson, 1998:163).
-  “Este estado óptimo de fluencia aparece cuando las habilidades de una persona encajan con sus oportunidades de actuar, en otras palabras, cuando el equilibrio desafío-habilidades está actuando” (Jackson, 2000:22). 
-  “Para que se produzca flujo los resultados deben ser significativos y estar determinados por la acción volitiva individual; el acto debe ser intrínsecamente recompensante, ocasionado por la combinación de acción y conciencia, ausencia de auto-conciencia y la acción debe tener lugar en un campo limitado de estímulos” (Csikszentmihalyi, 1975), citado por Richard G. Mitchell Jr. (1998:65).
En todos estos elementos citados, hay uno en común que se repite, más que otros. Nos referimos, en especial, al equilibrio positivo que tiene lugar entre estos dos elementos: los desafíos y las habilidades (DH). Susan A. Jakson (20002:20), menciona que “el equilibrio DH es la regla de oro de la fluencia”. Pero, es, en realidad, la percepción subjetiva la que predice el flujo. ¿Qué quiere decir esto? “Esto quiere decir – dice – que no son tanto los desafíos o las habilidades objetivas en una situación lo que determina la calidad de la calidad de la experiencia, sino lo que la persona piensa de las oportunidades disponibles y de su capacidad de actuar”.  
En resumen: en la mayor parte de las veces, el flujo se encuentre en la interconexión del desafío con las habilidades. Estar al límite, en el filo, de nuestras capacidades, es la puerta de entrada al flujo; es la antesala. Experimentar el flujo, “supone necesariamente desarrollar habilidades y enfrentarse a mayores desafíos de manera progresiva”, comentan los autores de Fluir en el deporte (2000:29-30). “Cuánto más alto sea el nivel de habilidad-desafío, más profunda será la experiencia de flujo” (1998:119).